No existen referencias en el mundo de otra muñeca de trapo, de 30 metros de alto, con un peso de seis toneladas y alrededor de 60 metros cúbicos de relleno, por lo que bien podría inscribirse en el Libro de los Records Guinness.
La directora-fundadora del Proyecto Carsueños, Carmen Soto, significó que “la labor no fue fácil, pero trabajamos con mucha dedicación, fueron miles de puntadas a mano, para entregar este regalo a los niños camagüeyanos, extensivo también a los de familias habaneras, afectadas por el reciente tornado.
“En el año 2010, cuando entregamos Leonor, la muñeca negra, inspirada en el cuento de La Edad de Oro, de José Martí, hacía unos días, en enero, que los niños de Haití, habían sufrido las consecuencias del más devastador terremoto, que se recordara en la isla hermana, y le dedicamos a ellos la muñeca. Ahora, la Habana sufre los efectos de un fenómeno meteorológico sin precedentes, y por eso queremos que llegue también a esos niños nuestro amor y solidaridad”.
Leonor, la muñeca negra de trapo, alcanzó los 22 metros de alto, para la confección de la bata se utilizaron más de 113 metros de tela blanca, 35 de tela azul e igual cantidad de tela roja; además de 70 metros de tela negra, para brazos, piernas y cara; y doce para “los zapaticos”; numerosos retazos, hilos, y sacos deshilados para las trenzas.
La primera puntada de Leonor se dio en abril del 2009, y desde entonces, las muñequeras del Proyecto Carsueños, dirigidas por Carmen Soto, trabajaron más de dos mil doscientas horas por cada artesana, es decir, totalizaron más de 26 mil 900 horas voluntarias.
Desde los extensos pastizales de nuestra geografía llegaban hacendados y peones que para realizar sus transacciones, y concentrados en los alrededores de la población, pasaban año tras año este a veces lluvioso mes. Estas largas esperas originaron reuniones familiares, encuentros entre amigos, fiestas y paseos que de alguna u otra forma hemos heredado.
Las actividades paralelas a las económicas siempre terminaban en carreras de caballos, con la participación activa de los peones. Se celebraban en el camino principal de la Villa, por lo que lo denominaron calle de "Las Carreras" (hoy Avellaneda).
En el siglo XIX la festividad se prostituyó. Las firmas comerciales subvencionaban comparsas, carrozas y los adornos de las calles en una desaforada competencia, que se aprovechaba de la insolvencia e ignorancia populares.
Después del triunfo de la Revolución cubana comenzó a recuperarse la tradición perdida para incorporarla a la vida de una sociedad que no da cabida a los explotadores. Es el período en que surge el Teatro del Pueblo, se organiza la vieja tradición del "ajiaco camagüeyano" y cientos de manos cederistas laboraron para embellecer sus cuadras.
Actualmente, a su multiplicidad de actividades y al collage multicolor, se aúnan el tradicional ajiaco y las más diversas expresiones músico-danzarias, prolijas en presencias de nuestras raíces africanas y españolas.
Comparsas, congas, rumbas, disfraces y creatividades en función del ornato público, resultan los aspectos más distintivos que nos acompañan entre el 24 al 29 de junio desde 1760, en esta fiesta que, independientemente de sus diversas etapas, se ha caracterizado por ser de pueblo
Cerca de la casa de Dolores había una barbería que tenía por dueño a un joven mulato, que además de barbero era un polifacético buscador de vidas, quien estaba locamente enamorado de la joven, la que a cambio le prodigó todo tipo de desplantes, desprecios y repulsas.
El barbero se llamaba Agustín Moya y Rondón (todos estos apellidos se mezclan luego y forman parte de la leyenda), firmaba sus versos, dedicados a las principeñas, como Mayo. El periódico "La Luz" hizo mención del epitafio y del establecimiento de este barbero, llamada "La Filomena", ubicado en la calle Jesús María. La primera alusión de él data de 1835 y es un anuncio publicado en el periódico "Gaceta de Puerto Príncipe", en el que se anuncia su barbería.
Dolores se casó con un oficial español, lo que la hizo elevar su distinción social, cosa que no duró mucho pues el esposo murió tempranamente, quedando la joven prácticamente en el anonimato.
Años después alguien la reconoce entre las enfermas de El Carmen, hospital para mujeres existente en la ciudad, y al conocer del grave estado de la amada, el barbero se hizo cargo de ella hasta el momento de su muerte.
De pobre fue el entierro, de pobre es la sepultura y los lugareños le achacan las rimas del epitafio al desafortunado galán.
¿Qué motivó al barbero Moya a escribirle este epitafio a aquella mujer? Quedará siempre en el enigma. Puede conjeturarse que lo hizo teniendo en cuenta el contraste de una anodina Dolores, su madre, y otra rumbosa y conocida en todo el Príncipe por sus diferentes amoríos, Dolores, la hija de la mulata Juana Aguilar. Su epitafio contribuyó a su fama y a que su vida, en unas cuantas versiones, haya trascendido hasta llegar a nosotros.
Epitafio en su tumba
Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera
ven mortal y considera
las grandezas cuáles son:
el orgullo y presunción,
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer
pues solo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se puede hacer.
Leyenda camagüeyana inmortalizada por La Avellaneda: Gozaba el religioso franciscano José de la Cruz Espí (1763 - 1838), el Padre Valencia, del cariño del pueblo principeño: brindaba servicios, mediaba en disputas y aconsejaba. Un día decidió construir un lazareto y lo logró. Era el hospital el orgullo de la ciudad. Pero he aquí que murió, y llegó la escasez y el hambre para los leprosos.
Cuentan que las auras tiñosas recorrían ya el abandonado huerto del hospital, en espera de los cuerpos de los enfermos. De repente apareció un ejemplar albino de la especie. El aura blanca se dejó coger mansamente, y hasta dicen que parecía querer acariciar las llagadas manos de sus captores.Al día siguiente todo Puerto Príncipe comentaba que el alma del Padre Valencia, tantas veces invocada en medio de los sufrimientos de los lazarinos, había bajado a ellos. El interés general fue tal que se hizo una exposición pública del ave. Se puso precio a la entrada y lo recaudado se destinó a aliviar las perentorias necesidades del hospital.Hoy se puede ver en el Museo Provincial de Matanzas, la Atenas de Cuba, en el Palacio de Junco.